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jueves, 15 de enero de 2015

Espinacas, hábitos y belleza


Por Catherine L'Ecuyer

¿Cómo conseguir que una persona tenga cariño a las espinacas? Hay varios caminos, como podemos ver a continuación:

1. Esperar a que el niño tenga edad de razón y explicarle los beneficios de la espinaca, como por ejemplo su valor nutritivo, o haciendo hincapié en lo fuerte que será si se come muchas espinacas. Si esperamos tanto, es posible que le cueste acostumbrarse el gusto de la espinaca, porque nunca las ha probado. Además, es muy difícil que un niño de 7 años entienda el argumento del valor nutritivo de una cosa tan poco atractiva como una espinaca hervida.

2. Inculcar el hábito de comer espinacas. ¿Cómo? Ponérselo desde muy pequeño en la papilla, luego cada semana (de ser un día fijo de la semana como el lunes por ejemplo, mejor), para inculcar en el niño el hábito de comérselo. Hay que ser muy constante y no ceder nunca. Si inculcamos el hábito de comer espinacas de pequeño, es más fácil que se lo coma de mayor. Sin embargo es posible que se canse de comérselas, especialmente cuando vea que ningún amigo suyo se las come en el comedor del colegio. También es posible que en este momento coja manías a las espinacas, por miedo a destacar. Cuando se case, si no gusta a su marido o a su mujer, es posible que deje de tomárselas por comodidad, para no duplicar cenas.

3. Educar al niño en la belleza de las comidas que incluyen espinacas. Eso sólo será posible en las familias en las que existe una pasión por las espinacas y lo consideran como un manjar exquisito que se reserva para los días especiales. En estas familias, el comer espinacas se convierte en un ritual. Todos se acuerdan de aquellos días en los que se comieron espinacas: el cumpleaños de la abuela, el día de los 80 años de la tía Marichu, el día del bautizo de Sofía, el día de Navidad, de Reyes, etc. Por ello, todos los miembros de la familia asocian las espinacas a sus seres queridos y a momentos entrañables de su familia. Y lo desean con ilusión. De hecho, los hijos volverán de mayor a su casa, cada domingo, con ilusión para comer las espinacas gratinadas de mamá, el puré de espinacas de papá, la crema de espinacas con trufa y queso y el pavo relleno de espinacas y piñones. Es muy probable que aquellos hijos transmitan la pasión por las espinacas a sus maridos y a sus mujeres, sin duda lo harán con sus hijos. En esta familia, se transmite de generación a generación el gusto y el amor a las espinacas a través de la belleza. No es especialmente bella en sí la hoja de la espinaca, ni hervida, ni cruda, ni triturada, ni frita. Es bella la familia que ha sabido aglutinar a sus hijos alrededor de unas comidas familiares en las que se encontraban espinacas. Es bella la familia que ha celebrado momentos especiales en la vida de sus hijos alrededor de un plato de espinaca y es bello el recuerdo de ello. Es bello la entrega y el amor de la persona que ha cocinado las espinacas. Es bello el agradecimiento de todos por las espinacas.  Y es bella la tradición familiar de comerse espinacas.

Ahora pensemos en la siguiente pregunta: ¿En qué familia el comerse espinacas perdurará más tiempo, será más sostenible y tendrá sentido para siempre? Todos tenemos valores, fe en "algo", tenemos un proyecto familiar, unas ideas que quisiéramos transmitir a nuestros hijos, a nuestros nietos. ¿No es el camino de la belleza la forma más sostenible de transmitir todo ello con sentido?

A continuación, una delicia para el alma, para leer y volver a leer, parte de un discurso pronunciado en Granada por la subsecretaria del Ministro de Educación del Gobierno de Italia, Elena Ugolini, sobre la importancia de la Belleza en la educación. Os dejará sin palabra. Para leer el texto entero.

Elena Ugolini
"Se educa para la belleza, a través de la belleza" Cada niño, cada joven lleva dentro algo que nadie puede ofuscar o aprisionar. Esas exigencias originarias de verdad, belleza y justicia que siempre se pueden aprovechar, a menudo como un recurso que ni siquiera él sabe que tiene y que hace mágico y sorprendente el momento del descubrimiento como base de todas las relaciones. El desafío no es “organizar” una escuela o una universidad eficiente, sino que el deseo de los jóvenes no disminuya, haciendo que nazca en ellos una atracción y un sentido hacia lo que se les propone. El desafío es que haya adultos que estén a la altura de estas necesidades.

A menudo decimos que los muchachos están distraídos en clase. Un profesor amigo mío me ha hecho caer en la cuenta de una cosa muy sensata: lo contrario de “distraídos” es “atraídos”.La pregunta que tenemos que hacernos ante nuestros estudiantes es qué les puede atraer, qué les puede suscitar curiosidad, qué puede interceptar esas exigencias de verdad, belleza y bondad que cada uno lleva dentro de sí, qué puede volver a encender su curiosidad.
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Pero ¿cómo es posible hacer que lo ordinario sea extraordinario? Se puede rodear a los muchachos de cosas bonitas, pero si no se enciende la luz que muestra el nexo entre esa belleza y su vida, todo resulta en vano. El problema no son los muchachos: son los adultos. Si están ellos dispuestos a dejarse herir por la Belleza de lo que enseñan y a dejar abierta la herida; si están ellos impresionados por la Verdad, si son ellos curiosos. Docentes que muestren a los muchachos el sentido de las cosas, el nexo entre la belleza y la realidad, es decir, el sentido de la vida.
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El objetivo de la escuela, si queremos intentar una síntesis, es suscitar el interés por la totalidad de la realidad, el mismo interés que debería haber impresionado al docente.
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Ahora bien, para el docente la educación consiste en «cómo hacer conocer». Einstein escribía en los Pensamientos de los años difíciles (1936): «A veces se ve en la escuela un simple instrumento para transmitir una cierta cantidad máxima de conocimiento a la generación que se está formando. Pero esto no es exacto. El conocimiento es algo muerto; la escuela, en cambio, sirve para vivir».
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“Se educa con lo que se dice, con lo que se hace, pero mucho más con lo que se es”
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Para concluir cuanto se ha dicho, cito unas palabras de Charles Moeller que me parecen muy actuales, precisas e iluminadoras: «Cuando durante bastantes horas al día se tienen delante veinticinco rostros de muchachos desde los quince a los dieciocho años, que se vengan despiadadamente de uno mismo si se es aburrido en las clases, pero que nos miran fijamente con sus ojos de claridad – a veces de ternura – cuando en el silencio profundo de una hora matinal un reflejo de la belleza y de la verdad les ilumina, es imposible no plantearse y volver a plantearse sin pausa, las cuestiones eternas que constituyen toda la vida de un hombre; y es imposible no responder, porque la juventud es impaciente. Los libros, entonces, ya no bastan.

La respuesta debe darse inmediatamente, y debe ser verdadera, es decir, total, porque nadie puede engañar a la juventud. Es necesario entonces cerrar los libros, sin olvidarlos, es necesario mirar a la cara a estos jóvenes, es necesario sobre todo interrogarles sobre sí mismos y responder a las cuestiones esparcidas en los textos de nuestros autores» (en Humanismo y santidad, Editorial Juventud, 1967).

*-***** ¡Guardado!
Monty ¿eOe?

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